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Los «Cursos de Cultura Católica» nacieron en la ciudad de Buenos Aires durante un momento de la historia argentina que podemos caracterizar, desde el punto de vista católico, por dos
situaciones bien precisas. A fines del siglo XIX la Iglesia había sido derrotada políticamente
con la aprobación parlamentaria de las leyes 1.420 de educación laica en 1884, y la ley 2.393 de matrimonio civil, sancionada en noviembre de 1888.

Por otra parte, la universidad católica, otro de los objetivos militantes de aquella época, languidecía próxima a desaparecer, huérfana de todo apoyo oficial y hostilizada por los medios oficiales.

Las luchas y fracasos de aquellos años enseñaron una importante lección: nada se podrá hacer mientras no se cuente con una clase dirigente de católicos instruidos en las implicancias de su fe. Por entonces cobró cuerpo en un grupo de jóvenes argentinos la necesidad de tender a una mayor perfección de vida por medio de la indispensable profundización de la fe recibida. Todos estaban
alrededor de los veinte años, y se pusieron a la tarea de fundar un centro de altos estudios de cultura católica. Con este espíritu nacieron los Cursos de Cultura Católica.

Uno de aquellos jóvenes, Samuel W. Medrano, escribía: «¿Quién fue el inventor de los “Cursos”? Esta es una grave pregunta, porque eso de regalarle a uno la paternidad de algo tan excelente sería, en caso de equivocarme, regalarle el basamento de su futura estatua… La idea la tenían varios, a no dudarlo, demostrándolo los varios tanteos realizados desde años atrás por varios grupos de jóvenes que se reunían en “Círculos de Estudios”, con programas más o menos extensos, pero con vistas generalmente a la apologética y a la sociología cristiana. He examinado esos “tanteos” en un artículo que escribí en “Los Principios” en septiembre de 1922, en el cual también expresé el unánime juicio que a todos nos merece, por estos tiempos, la acción nula de la llamada Universidad Católica de Buenos Aires, especie de muerto que vive… En resumen: en 1921 la juventud católica y pensante carecía de una institución cultural que la preparase eficazmente en el aprendizaje de las disciplinas esenciales que integran la doctrina católica.

Algunos muchachos venían preocupándose seriamente del asunto. Uno de ellos era mi excelente amigo Tomás D. Casares, cuya semblanza es posible brote más arriba de los puntos de esta pluma. Recuerdo que una noche de la primavera de 1921, Casares me invitó a visitarle en su casa, cosa que hice, y durante mi visita conversamos largamente sobre nuestras cosas católicas. Al final de la tenida, Casares me mostró un escrito en el que preconizaba la necesidad de crear una obra en la que se dictasen, a los jóvenes estudiantes de nuestra generación, clases de Filosofía, Historia de la Iglesia y Sagradas Escrituras. Ese artículo vio la luz, meses más tarde, en un folleto publicado por Casares con el título “De nuestro catolicismo”, colección de artículos y discursos del autor…».

El 21 de Agosto de 1922 se iniciaron las actividades, consistentes en el dictado de tres materias, a razón de dos clases semanales para cada una, las que fueron Filosofía, Historia de la Iglesia y Sagrada Escritura, tal como pensaba Casares. Las clases eran gratuitas y exclusivamente para varones, con lo que se facilitaba, por un lado, la concurrencia de alumnos y se aseguraba, por el otro, la seriedad de los estudios y la recta intención.

Al frente del Programa de Estudios para 1922 se hacían constar así las finalidades de los Cursos, que revelan con claridad un espíritu «conquistador», más que una simple estrategia defensiva: «Las exigencias de la vida cotidiana desvían a los católicos de su formación esencial, incapacitándolos para el ejercicio de una actuación más positiva y creadora, como si sus actos y obras hubieran de ser determinados exclusivamente por los actos y obras adversos que requieren una inmediata oposición.

Los jóvenes sentimos la necesidad de reaccionar contra esa influencia. Sin sustraernos en absoluto a las exigencias inmediatas, queremos detenernos con seriedad y firmeza en la exigencia perenne y elemental de aprender a discernir certeramente. De lo contrario, todo esfuerzo será inútil y, victima de nosotros mismos, nuestra convicción, profunda por la fe pero incierta y ondulante por falta de la debida penetración en sus bases racionales, carecerá de eficacia íntima, difusiva y conquistadora.

Sin la absurda vanidad de alcanzar el dominio perfecto de toda la doctrina, debemos perseguir la posesión de tres elementos indispensables al progreso intelectual en que vamos a empeñarnos: un criterio, una armoniosa visión total y el sentimiento agudo de la responsabilidad que entraña nuestra profesión de fe católica. Por eso se inicia esta tentativa con el establecimiento de los tres cursos siguientes: Filosofía, Historia de la Iglesia y Sagradas Escrituras (Nuevo Testamento).

Hasta ahí se limita nuestro primer paso. No fundamos una nueva institución ni labramos estatutos ni agrupamos adherentes: queremos estudiosos sinceros, militantes decididos».

Extraemos también algunas frases del discurso que el día de la fundación leyera el Dr. Atilio Dell’Oro Maini, director de la Comisión Directiva fundadora: «No basta la acción individual, el esfuerzo aislado de los corazones valientes. Hay que generalizar los medios de combate y de triunfo, y es preciso comenzar por las inteligencias. […] Para el cumplimiento de las misión social del catolicismo es indispensable el conocimiento profundo y persistente de la doctrina, no ya para reñir las batallas que los enemigos de Cristo provoquen, sino para su pacífica conquista, su propia edificación, para la gran obra constructiva de cristianizar la conciencia de la sociedad en que nacimos».

La seriedad de este entusiasmo juvenil se puede ver en el Plan Permanente de Estudios que desarrollaron los Cursos por más de veinte años, comenzando en el año 1922, como hemos visto, y durando hasta el año 1947. Con el pasar de los años, a los tres cursos iniciales se fueron agregando otros, como por ejemplo, Teología fundamental, Dogma, Criteriología, Latín, Filosofía moral, entre otros. Durante los años señalados pasaron por los cursos un total de 50 profesores, de los cuales 44 eran sacerdotes, religiosos y seculares, y 6 laicos.

La primer sede de los Cursos se hallaba ubicada en la calle Alsina 553, «frente al paredón de San Ignacio», como diría más tarde Samuel W. Medrano, donde funcionaban la Biblioteca del Dr. Emilio Lamarca y la Liga Social Argentina.

A partir de este primer y central núcleo de su existencia, los Cursos comenzaron a desarrollar una intensa y fecunda actividad, para ser no sólo «católicos», sino también de «cultura católica». Esta extensión de las actividades de los Cursos incluía, por ejemplo,

– la organización de clases especiales, cursillos y conferencias;

– la organización también de visitas de personajes destacados a nivel internacional de la vida intelectual de aquellos años como el P. Marie Stanislas Gillet O.P., o Jacques Maritain, o el P. Garrigou Lagrange, entre otros;

– secciones especiales como el «convivio», «reuniones nocturnas donde un grupo numeroso de amigos, entre los que se contaban escritores, poetas, músicos, pintores, intercambiaban opiniones, leían o exponían algunas de sus obras o escuchaban conferencias y charlas sobre diversos temas de interés, pero todo en un ambiente acogedor, llano y desprovisto de toda solemnidad»;

– una «sección universitaria», para ayudar a los estudiantes y graduados que quisieran especializarse en algún campo de las disciplinas que habían abrazado, como el Derecho, la Economía, la Medicina, la Arquitectura, las Ciencias Sociales;

– una «escuela di filosofía», bajo el patrocinio de Santo Tomás de Aquino y a fin de «dar un paso más en el empeño de promover una modesta escuela de filosofía y teología sobre la cual se construya, andando el tiempo y permitiéndolo Dios, una universidad católica cuyo propósito de cultura espiritual esté por encima de toda preocupación profesional»;

– un «departamento de folclore»;

– diversas «asociaciones de profesionales», que florecieron a la sombra de los cursos, que se denominaban «no corporaciones o consorcios católicos de profesionales, sino corporaciones o consorcios de profesionales católicos», como por ejemplo, la Corporación de Abogados Católicos, la Corporación de Economistas Católicos, el Consorcio de Médicos Católicos y el de Odontólogos.

La extensión de los Cursos se amplió más aun con la creación de una biblioteca propia; la publicación de obras antiguas inéditas o agotadas y de trabajos nuevos sobre temas doctrinarios artísticos, filosóficos o de espiritualidad; y un servicio de librería que pusiera al alcance de los alumnos y amigos los libros y revistas editados en el extranjero. En el Plan de Estudios y Programas de 1923 se manifestaba ese propósito con estas palabras: «El libro o la revista constituyen el elemento más importante para la difusión de la doctrina. Nuestros jóvenes católicos han tropezado siempre con la dificultad de encontrar las modernas publicaciones que el reciente movimiento católico produce en el extranjero. En esta forma la valiosa bibliografía católica de nuestros días está muy lejos del alcance de la mayoría. Hasta hoy muchos de los buenos libros han circulado por el elogio cálido de un amigo o de un maestro. Queremos organizar la circulación de estos consejos y recomendaciones».

De todo esto se puede ver que los Cursos eran «cosa seria». Pero no termina su actividad con cuanto hemos expuesto: «La cultura dice relación con la inteligencia; pero no es concebible una cultura católica que no comprometa a todo el hombre, dado el carácter instrumental que tiene todo el saber y todo el quehacer del hombre con respecto a su último fin, y dada la íntima conexión de la inteligencia con la voluntad, y de ésta con aquella». Los Cursos siempre lo entendieron así, y procuraron que la instrucción religiosa no fuera sólo eso sino una auténtica formación religiosa, por lo cuál se preocupaban también de organizar ejercicios espirituales y retiros espirituales.

Entre los predicadores de aquellas tandas de ejercicios se cuenta San Luis Orione. Transcribimos íntegro el testimonio de uno de los participantes de las tandas predicadas por Don Orione: «Tuvimos el privilegio de contar siempre para los retiros con virtuosos y doctos sacerdotes, que colaboraron sin duda eficazmente en la acción misteriosa de la gracia en nuestras almas. Pero algunos de esos retiros han quedado grabados más profundamente en nosotros y éstos son sin duda los que nos predicaron Don Orione y monseñor Giuseppe Canovai.

Don Orione comenzó a hablar en castellano, pero enseguida continuó en italiano, para su mayor comodidad, según dijo, y mayor provecho nuestro. A los argentinos nos resulta transparente ese idioma, obviamente por el parecido, pero más sin duda como consecuencia del aluvión inmigratorio de esa nacionalidad. Pero en las pláticas de Don Orione había algo más. Era el espíritu que lo animaba lo que nos comunicaba intuitivamente, sin necesidad casi de las palabras para ello. Aún recuerdo con emoción sus meditaciones sobre las parábolas de la misericordia de Dios, la de La pecorella Smarrita y la hermosísima de Il figlio prodigo que trae San Lucas, la que nadie tendría que poder escuchar o leer sin lágrimas en los ojos».

Finalmente, para «resguardar la integridad del espíritu de los Cursos con la práctica de la caridad en la comunión moral con la pobreza, y para que las gracias de esa práctica refluyan sobre la obra de los Cursos», se decidió la fundación de una Conferencia Vicentina de los Cursos, según la espiritualidad de las conferencias fundadas por el beato Federico Ozanam y sus compañeros.

En la segunda mitad de la década de los 40, los cursos comenzaron a declinar. Además de los trastornos sufridos por una ulterior mudanza a una nueva sede –la tercera en la historia de los cursos–, los cursos comenzaron a perder su identidad: «Los Cursos ya no serían los mismos». «Cuáles pueden haber sido las causas de esa pérdida de identidad?», se pregunta el autor que estamos siguiendo. Y se responde: «Es claro que como en toda empresa humana, las causas pueden ser muchas, y algunas imponderables.

Pero pienso que algo se puede precisar al respecto. A mi juicio, la primera de ellas venía de antes y fue la pérdida de su carácter laical. Sin mengua de su absoluta e indeclinable sumisión a la Iglesia y de su obediencia a los asesores eclesiásticos que eran garantía de ortodoxia doctrinal, los Cursos fueron fundados y dirigidos durante largos años por laicos que procuraban llevar a sus hermanos inmersos en lo temporal a la plenitud de la fe, por los caminos de la inteligencia y del arte. La designación de eclesiásticos para ejercer su dirección y a pesar de las altas cualidades intelectuales, espirituales y de gobierno de las personas sucesivamente designadas, cosa reconocida por todos, al perder los laicos la dirección, la institución cambió de carácter, aunque aquellos siguieron colaborando en la obra, y sin poner en duda por un instante la conveniencia del cambio, con vistas a otro destino superior, como era la deseada universidad católica».

(Mi Parroquia. Cristo Vecino, IVEPress, Nueva York 2011, pp. 455-462)