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¿Problemas en la misión? ¡Es que falta oración!

P. Rodrigo Fernández, IVE

«Una hora de oración resuelve más dificultades que muchas discusiones. Una ferviente plegaria, iluminando el espíritu con la luz eterna de Dios, y confortando el corazón con el calor vivificador de Jesús, debilita nuestro amor propio y nos infunde generosidad y humildad, y muchas dificultades, que antes nos parecían graves e insuperables se nos presentan como cosas normales.» (Beato Paolo Manna)

¡Hola a todos!  Tal vez esta pequeña crónica pueda ayudar a algún misionero (como es cualquier católico comprometido) que se sienta movido por el celo de Dios a evangelizar un entorno difícil y tal vez se sienta un poco abatido. Aquí es donde la acción y predicación debe estar sostenida por la misericordia de Cristo y mucha, mucha oración.

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La semana pasada estuvimos de Misión Popular en Cabanaconde (Arequipa) con un grupo de 17 religiosos. Este es un pueblo hermosísimo en el Valle del Colca, lleno de tradiciones y muestras de religiosidad popular. Fuimos a predicar esta misión durante la novena de la Virgen del Carmen con la intención de renovar el fervor de los católicos y acercarlos a la iglesia luego de la pandemia, así como recordarles el amor de Dios y llamarlos a la conversión.

El 14 de julio estuvimos en las “vísperas de las vísperas” de la Misa de fiesta en una capilla cercana. No me tocaba celebrar esa Misa, pero los acompañé para escuchar confesiones y ayudarles a organizar la liturgia.

Como es costumbre, toda la celebración de estos días es solventada por “mayordomos”, así se llaman los encargados de la fiesta del año. Usualmente son gente del mismo pueblo que “tuvo éxito” (económico) y ahora vive en el extranjero. Ellos vienen para la ocasión, pagando banda, comida, fuegos artificiales, Misas, pasajes en avión y mucha cerveza.

Se pueden imaginar que en estas fiestas el ambiente no suele ser el mejor. Ya que se confunde la alegría de la festividad religiosa con una festividad mundana (e incluso pagana con tintes sincréticos). Ver esta realidad fue duro para los misioneros más jóvenes. Incluso para mí, siendo peruano y todo, no es fácil discernir cómo evangelizar una cultura de manera eficaz.

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Eran las 7 de la noche, me quedé afuera de la capilla porque quería vigilar el audio y pedir que no hagan bulla durante la Misa. La capillita tenía aforo tan solo para 50 personas, los demás asistentes no estaban muy comprometidos con la celebración religiosa. Había varios grupos de personas preparando comida para darla luego de la Misa (para 500 personas apróx.). Mientras unos conversaban, los mayordomos saludaban y un pequeño equipo de filmación los seguía paso a paso como estrellas de tele, en medio de todo iban llegando más de 50 músicos para la fiesta post Misa.

Viendo que la gente se distraía cada vez más, sacamos al atrio de la capilla el parlante inalámbrico que estaba usando el predicador. Queríamos que la predicación llegue realmente hasta el confín de esos corazones, y no pocos de nosotros tuvimos muchas ganas de imitar a Jesús en el templo botando las mesas de los cambistas…. pero no… “esa no es la manera”, dictaba la prudencia.

De todas formas yo sentía que debía decir algo. Me veía en la obligación moral de hacerlo, no solo por las personas que se habían congregado allí y se encontraban a punto de comenzar una fiesta más pagana que religiosa, sino porque estamos en tiempo de Misión, yo soy el encargado de esta evangelización frente al pueblo y frente a los religiosos que me acompañaban y necesitaban una orientación. Además, era la oportunidad para predicar acerca del verdadero sentido de la fiesta, del respeto a la Virgen y de los excesos que pueden generarse.

Así fue como, luego de la oración post comunión, pedí al padre que estaba celebrando el micrófono y luego de encomendarme a Dios interiormente, les agradecí a todos los que estaban dentro y fuera de la capilla por habernos invitado a celebrar la Misa. Les dije que compartíamos su alegría por ser el día de nuestra Madre del Cielo. Pero que también recuerden que en el día del cumpleaños de nuestras mamás, buscamos agradarles, darles regalos y muestras de cariño, no de molestarlas o desobedecerles. Y que así es como debíamos comportarnos en estos días de fiesta: que no se olviden que es el día de nuestra Madre y que debemos darle más muestras de cariño que en otros días, y más bien, alejarnos de todo lo que pueda ofenderla a ella y a Nuestro Señor.

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¡Listo! Lo dije bien, con caridad y tranquilidad… bueno, no “absolutamente” tranquilo, ya que el ambiente requería un poco de emoción ciertamente, pero me quedé pensando en ello, en la dureza de las personas y cómo actuar frente a ello. Sobre todo al presenciar el pasacalle que hicieron luego de la Misa y la comida, y que pasó frente a nuestra parroquia. Era un mar de gente bailando, encabezados por la banda de más de 100 músicos, todos en filas del ancho de la calle, agarrados de la mano, dando brincos alegres ayudados por la cerveza e iluminados por los fuegos artificiales.

Examinándome si había obrado realmente por verdadero celo o tal vez por pura molestia y amor propio (ya que estos son engaños muy comunes del diablo en los misioneros) es que lo lleve a la oración hasta el día siguiente, pensando “es impresionante la labor que hacen el padre Jorge y Vince”. Me refería a los padres Jorge Ames y José Vince, que son los misioneros fijos en este pueblo y que están haciendo un trabajo impresionante con mucha calma, dedicación y caridad.

Una palabra de más, alguna imprudencia de nuestra parte podría dañar el trabajo de muchos meses. Así que esperaba que Dios me ilumine para poder iluminar a los seminaristas que traía conmigo. Gracias a Dios llegó la luz en medio de la adoración al Santísimo que hacemos por la mañana, durante estos días de misión. Se trataba de un texto del Beato Paolo Manna, superior general del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras, sacado de una circular que escribió a sus misioneros el 15 de septiembre de 1926 titulada “Sed misioneros santos” (Paolo Manna, “Virtudes apostólicas”). Se los leí a los seminaristas como “buenos días” luego de las laudes, con el ruido de la banda que pasaba delante de la iglesia y daba vueltas por la plaza (pueden escuchar el audio):

“En honor de nuestros misioneros debo decir que nunca ninguno se ha lamentado de los sufrimientos, de las privaciones, de las fatigas de las cuales está entretejida la vida de la misión; muy noble es vuestro corazón para darle importancia y relieve a estas cosas; pero son dificultades y angustias morales que conocieron también los Santos Apóstoles, y San Pablo nos narra frecuentemente en sus Cartas: penas y angustias que también vosotros encontráis, las cuales son capaces de doblegar los ánimos más fuertes y generosos, si no están sostenidos por una poderosa fuerza de Dios. La escasa colaboración, las deserciones, la ingratitud de los convertidos, la soledad y el abandono, los malentendidos que pueden surgir entre los cohermanos y los Superiores y el sentirse mal comprendidos y apreciados, la pobreza de recursos que no permite hacer todo lo que se querría y las malas artes de los paganos y protestantes que obstaculizan el progreso de nuestras obras; sin contar los asaltos de las tentaciones y las luchas con el espíritu maligno que atenta contra nuestras almas, son todas dificultades capaces de provocar en nosotros tristeza y depresión.

¿Quién nos podrá sostener en tantas calamidades? Dios, sólo Dios, si se le pide con espíritu de humildad y de filial y confiado abandono. ¡Oh sí! ¡Todos tienen necesidad de orar, pero cuánta mayor tiene el Misionero de orar y de orar siempre, él que va a hacer la guerra al demonio en sus mismos dominios, y tiene en contra todo un mundo de maldad que tanto quiere aferrarse a sus tinieblas! Cuando ante cualquier dificultad, vosotros os postráis a los pies de un Crucifijo o del Tabernáculo, y decís a Jesús que lucháis por Él y que padecéis por sus intereses, que es Su causa la que está en peligro; cuando en vez de encolerizaros contra vuestros enemigos, imploráis por ellos misericordia y perdón, ¡oh, entonces, estad seguros, no sentiréis jamás ni la sombra del abatimiento y la tristeza, sino os levantaréis de vuestra fervorosa oración, como de un baño saludable, frescos y serenos y siempre o vencedores o más fuertes para continuar vuestro combate.

Una hora de oración resuelve más dificultades que muchas discusiones. Una ferviente plegaria, iluminando el espíritu con la luz eterna de Dios, y confortando el corazón con el calor vivificador de Jesús, debilita nuestro amor propio y nos infunde generosidad y humildad, y muchas dificultades, que antes nos parecían graves e insuperables se nos presentan como cosas normales.”

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Nuestra predicación debe estar precedida por la oración. Nuestro celo debe ser siempre fruto del amor, no de la molestia o abatimiento. Que Nuestra Señora del Carmen nos dé la gracia de permanecer firmes en nuestra vocación misionera (la de todos los católicos), sacando fuerza del Sagrado Corazón para tener sus mismos sentimientos.

¡Dios los bendiga!

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